No-Banco

Entrar al banco es como meterse en una pecera sin agua.
Máquinas, que cuentan plata, que sellan cheques, que tragan y escupen papeles, emiten voces sordas y rítmicas que podrían lograr una versión realista pero más aburrida de “Money” de Pink Floyd.
La gente, que por razones tan estúpidas como urgentes, está estancada en colas abigarradas, es la misma que hace chistes en el almacén, que camina por el barrio... Pero en la pecera, son peces sin oxígeno: sus caras se tornan un poco impersonales, quizás recelosas, decididamente aburridas, un tanto tristes. En la mente de todos los presentes se encuentra el helado de vainilla y chocolate que se tomarían en frente, ó en la libertad del aire que corre en la vereda.
A la salida de vidrios sucios, un tipo con uniforme abre la puerta… más de uno seguramente habrá pensado “nada más desconcertante que un vigilante bizco”.
Y así es.