Había viento norte y el río estaba bajo, demasiado bajo para poder seguir. Unos cuatrocientos metros atrás el Mercury había topado con un tronco y estaba algo resentido al andar. “Quizás se haya torcido algún aspa”. Decidió atracar debajo de un sauce para pensar y, de paso, descansar del sol que empezaba a picar, junto con los mosquitos que no cesaban de rebotar en su piel.
Esto de los mosquitos lo tenía sin cuidado. Aunque había abandonado el Delta hacía mucho tiempo ya, siempre se jactó de ser isleño bien acostumbrado a estos insectos, lo que le causaba cierto orgullo.
Luego de haber amarrado con unas ramas que caían verdes sobre el río, tomó la pala y clavándola en el blando lecho, midió su profundidad. A penas unos setenta centímetros, el resto era fango que se arremolinaba como humo en esa agua tan turbia y tan suya.
Ver al río raquítico le causaba una profunda tristeza. A pesar del clima y las pocas lluvias, estaba más bajo de lo esperable. “Está represado, cada vez dejan bajar menos agua. El río de la Plata terminará siendo un banco de arena y barro.”
Otra cuestión que le llamaba la atención eran aquellos diminutos ramilletes de una especie de mejillones que la desnudez de las raíces de los árboles dejaban ver. No recordaba haberlos visto antes. Era alimaña asiática traída por los barcos que acabó esparciéndose por todo río. "Poca agua dulce, el mar avanza, el río se muere".
Estos cambios no le causaban ninguna gracia porque sabía que terminarían por destruir lo poco que quedaba de su frágil mundo “Todo está alterado”.
Pensaba en esto cuando el dolor físico lo trajo a lo inmediato: La gota mordía caliente su pie derecho. El acto de sumergirlo en el frío para calmar la hinchazón fue puramente mecánico, pero en el momento que su cuerpo tomó contacto con el agua, todo su ánimo cambió. Entrar en el río fue un acto de comunión. Finalmente había vuelto.
